– No.

Ella apareció en el umbral. Vestía una sudadera de Duke que le iba enorme y pantalones negros de punto. Llevaba el cabello recogido en una coleta. Varios cabellos sueltos le caían sobre el rostro. Cuando le sonrió, él sintió que se le aceleraba el pulso.

– Hola.

Myron se enorgullecía de sus inteligentes gambitos de apertura.

– ¿Te apetece un chino? -preguntó ella.

– Lo que sea. Hunanés, sichuanés, cantonés.

– ¿Sichuanés?

– Vale. ¿Sichuan Garden, Sichuan Dragón o Sichuan Imperio?

Jessica lo pensó un momento.

– La última vez la del Dragón era grasienta. Probemos con el Imperio.

Jessica cruzó la cocina y le dio un beso en la mejilla. Su pelo olía a flores silvestres después de una tormenta de verano. Myron le dio un rápido abrazo y cogió el menú del restaurante pegado en un armario de cocina. Escogieron con calma -sopa agria caliente, un entrante de gambas y otro vegetal- y luego llamó. Entraron en funciones las habituales barreras idiomáticas -¿por qué nunca contrataban a una persona que hablase inglés al menos para tomar los pedidos telefónicos?- y después de repetir seis veces su número de teléfono, colgó.

– ¿Has avanzado mucho? -preguntó.

Jessica asintió.

– El primer borrador estará acabado para Navidad.

– Creía que la fecha de entrega era agosto.

– ¿Qué pretendes decir?

Se sentaron a la mesa de la cocina. La cocina, la sala de estar, el comedor, el salón, todo estaba situado en un mismo y amplio espacio. El techo estaba a cinco metros de altura. Aireado. Las paredes de ladrillo, con vigas de metal vistas, le daban al lugar un aspecto que era al mismo tiempo artístico y como una estación de ferrocarril. En una palabra, un ático espectacular.

Llegó la comida. Hablaron de sus actividades. Myron le habló de Brenda Slaughter. Jessica lo escuchó de aquella manera tan particular. Tenía la capacidad de hacerte sentir como si fueses la única persona viva cuando hablabas. Cuando acabó, le formuló unas pocas preguntas. Después se levantó y se sirvió un vaso de agua de una jarra.



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