Se sentó de nuevo.

– El martes tengo que volar a Los Ángeles -dijo.

Myron alzó la vista.

– ¿Otra vez?

Ella asintió.

– ¿Durante cuánto tiempo?

– No sé. Una semana o dos.

– ¿No acabas de estar allí?

– Sí, ¿y qué?

– Para aquello de la peli, ¿no?

– Sí.

– ¿Entonces cómo es que vas de nuevo? -preguntó él.

– Tengo que buscar documentación para escribir.

– ¿No pudiste hacer ambas cosas cuando estuviste allí la semana pasada?

– No. -Jessica le miró-. ¿Pasa algo?

Myron jugó con uno de los palillos. La miró, desvió la mirada, tragó saliva, y dijo:

– ¿Funciona lo nuestro?

– ¿Qué?

– Vivir juntos.

– Myron, sólo serán un par de semanas. Para buscar documentación.

– Y después será una gira por el libro. O un seminario de escritores. O la firma para una peli. O más documentación.

– ¿Quieres que me quede en casa y haga pasteles?

– No.

– ¿Entonces qué está pasando?

– Nada -dijo Myron. Después añadió-: Llevamos juntos mucho tiempo.

– Entre unas cosas y otras unos diez años. ¿Y?

Myron no sabía muy bien cómo continuar.

– Te gusta viajar.

– Demonios, sí.

– Te echo de menos cuando no estás.

– Yo también te echo de menos. Y te echo de menos cuando te vas por trabajo. Pero nuestra libertad es parte de la diversión, ¿no? Además -se inclinó un poco hacia delante- soy espectacular en los reencuentros.

Él asintió.

– En eso te doy la razón.

Ella apoyó una mano en su brazo.

– No quiero hacer ningún pseudoanálisis, pero este traslado ha sido un gran ajuste para ti. Lo comprendo. Pero hasta ahora creo que está funcionando muy bien.



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