
Por supuesto, tenía razón. Eran una pareja moderna, con carreras en ascenso y mundos que conquistar. La separación formaba parte de ello. Las dudas que tenía eran un subproducto de su pesimismo innato. Las cosas iban muy bien -Jessica había vuelto y ella le había pedido que se mudase-, sólo él las complicaba esperando que algo saliese mal. Tenía que dejar de obsesionarse. La obsesión no busca los problemas y los corrige: los fabrica de la nada, los alimenta, los hace más fuertes. Myron le sonrió.
– Quizá todo esto no sea más que una llamada de atención.
– Vaya.
– O quizá sea una estratagema para conseguir más sexo.
Ella le dirigió una mirada que le curvó los palillos.
– Tal vez esté dando resultado.
– Posiblemente debería ponerme algo más cómodo.
– Por favor, la máscara de Batman no.
– Oh, venga, puedes ponerte tu cinturón de mecánico.
Ella se lo pensó.
– Vale, pero nada de interrumpirse en la mitad y gritar: ¡A la misma bathora, en el mismo batcanal!
– Hecho.
Jessica se levantó, se le acercó para sentarse en su regazo. Ella lo abrazó y bajó los labios hacia su oreja.
– Vamos muy bien, Myron. No la jodamos.
Tenía razón.
Se levantó.
– Venga, quitemos la mesa.
– ¿Y después?
Jessica asintió.
– A la batescalera.
5
Tan pronto como Myron bajó a la calle a la mañana siguiente, una limusina negra aparcó delante de él. Un par de titanes -músculos en lugar de cerebro, prodigios sin cuello- se apearon del vehículo. Llevaban trajes que les quedaban mal, pero Myron no culpó a su sastre. Los tipos con ese físico siempre parecían mal vestidos. Ambos lucían el típico bronceado de gimnasio, y aunque no podía confirmarlo a simple vista, sus pechos estaban tan depilados como las piernas de Cher.
– Sube al coche -dijo uno de los bulldozers.
