– Basta, os lo suplico -dijo Myron-. Os lo diré todo.

Los bulldozers no lo pillaron. Myron se inclinó hacia delante y apagó el televisor. Nadie protestó.

– ¿Vamos a Clancy's? -preguntó Myron.

La taberna de Clancy's era el lugar favorito de los Aches. Myron había estado allí con Win un par de años atrás. Había esperado no tener que volver nunca más.

– Siéntate y cierra la boca, gilipollas.

Myron permaneció quieto. Tomaron la autopista del West Side hacia el norte; la dirección opuesta a la taberna de Clancy's. Giraron a la derecha en la 57. Cuando entraron en un parking de la Quinta Avenida, Myron comprendió adónde iban.

– Vamos a las oficinas de TruPro -dijo en voz alta.

Los bulldozers no dijeron nada. Carecía de toda importancia.

TruPro era una de las grandes agencias deportivas del país. Durante años había sido dirigida por Roy O'Connor, una serpiente con traje, que no había sido nada más que un experto en saltarse cualquier norma. Era un verdadero maestro en la contratación ilegal de atletas cuando apenas habían dejado atrás los pañales, en el uso de sobornos y sutiles extorsiones. Pero como muchos otros que pululaban por el mundo de la corrupción, inevitablemente acabó atrapado. Myron ya lo había visto antes. Un tipo calcula que puede estar un pelín pillado, un poco enredado con los bajos fondos. Pero los mañosos no actúan de esa manera. Les das un dedo y te agarran todo el brazo. Era lo que le había ocurrido a TruPro. Roy debía dinero, y cuando no pudo pagar, los hermanos Ache asumieron el control.

– Muévete, gilipollas.

Myron siguió a Bubba y Rocco -si no eran sus nombres, tendrían que haberlo sido- al ascensor. Bajaron en el octavo piso y pasaron por delante de la recepcionista. Ella mantuvo la cabeza gacha, pero espió. Myron le dedicó un gesto de saludo y continuó caminando. Se detuvieron delante de la puerta de un despacho.



31 из 269