– Cachéalo.

Bulldozer uno comenzó a inspeccionarlo.

Myron cerró los ojos.

– Dios -dijo-. Sí que es agradable. Un poquito más a la izquierda.

Bulldozer se detuvo, le dirigió una mirada furiosa.

– Entra.

Myron abrió la puerta y entró en la oficina.

Frank Ache abrió los brazos y avanzó hacia él.

– ¡Myron!

No importaba la fortuna que hubiera amasado Frank Ache, estaba claro que el hombre no se la gastaba en ropa. Le gustaba usar chándales de terciopelo brillante, parecidos a los que vestían los tipos en Perdidos en el espacio como prendas informales. Frank llevaba uno de color naranja oscuro con un ribete amarillo. La cremallera de la chaqueta bajaba más que la de los modelos de Cosmopolitan, y el vello gris del pecho era tan espeso que parecía un suéter. Tenía la cabeza enorme, los hombros minúsculos, y un neumático en la cintura que era la envidia del hombre Michelin; una figura de reloj de arena con toda la arena abajo. Era grande, fofo y exhibía una calva lisa.

Frank le dio a Myron un feroz abrazo de oso. Myron se quedó sorprendido. Por lo general, solía ser tan cariñoso como un chacal con herpes.

Apartó a Myron a la distancia del brazo.

– Caray, Myron, sí que tienes buen aspecto.

Myron intentó no pestañear.

– Gracias, Frank.

Frank le ofreció una gran sonrisa: dos hileras de dientes en forma de granos de maíz muy apretujados. Myron intentó no encogerse.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado?

– Poco más de un año.

– Estábamos en Clancy's, ¿no?

– No, Frank, no estábamos allí.

Frank parecía extrañado.

– ¿Dónde estábamos entonces?



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