– En la carretera a Pensilvania. Disparaste a los neumáticos del coche, amenazaste con matar a los miembros de mi familia, y luego me dijiste que bajase de tu coche antes de que utilizases mis pelotas como alimento de las ardillas.

Frank se rió alegremente y le dio a Myron una palmada en la espalda.

– Aquéllos sí que eran buenos tiempos.

Myron se mantuvo muy quieto.

– ¿Qué puedo hacer por ti, Frank?

– ¿Tienes prisa?

– Sólo quiero llegar al meollo del asunto.

– Eh, Myron. -Frank abrió los brazos de par en par-. Intento ser amistoso. He cambiado, soy un hombre totalmente nuevo.

– ¿Has abrazado la religión, Frank?

– Algo así.

– Vaya, vaya.

La sonrisa de Frank se esfumó poco a poco.

– ¿Te gustaban más mis viejas maneras?

– Eran más sinceras.

La sonrisa había desaparecido del todo.

– Lo estás haciendo de nuevo, Myron.

– ¿Qué?

– Tocarme las pelotas. ¿Es cómodo tu nuevo nidito?

– Sí, es cómodo -dijo Myron con un gesto-. Es la palabra que utilizaría.

Se abrió la puerta detrás de ellos. Entraron dos hombres. Uno era Roy O'Connor, el presidente de TruPro sobre el papel. Entró en silencio, como si pidiese permiso para vivir. Probablemente era así. Cuando Frank estaba presente, lo más probable era que Roy levantase la mano antes de ir al baño. El segundo tipo tenía unos treinta y tantos. Iba vestido de veintiún botones y tenía el aspecto de un financiero que acaba de hacer un máster en económicas.

Myron saludó con un gesto ampuloso.

– Hola, Roy. Se te ve bien.

Roy asintió envarado, se sentó.

– Éste es mi chico, Frankie junior. Le puedes llamar FJ -dijo Frank.

– Hola -saludó Myron. ¿FJ?

El chico le dirigió una mirada dura y se sentó.

– Roy acaba de contratar a FJ -explicó Frank.

Myron le sonrió a Roy O'Connor.

– El proceso de selección tuvo que ser un infierno, ¿no, Roy? Buscar entre tantos currículums y antecedentes.



33 из 269