Roy no abrió la boca.

Frank caminó alrededor de la mesa.

– Tú y FJ tenéis algo en común, Myron.

– ¿Ah, sí?

– Fuiste a Harvard, ¿no?

– A estudiar derecho -respondió Myron.

– FJ se licenció en administración de empresas allí.

Myron asintió.

– Como Win.

Su nombre silenció la habitación. Roy O'Connor cruzó las piernas. Su rostro perdió el color. Él había conocido a Win de cerca, pero todos sabían quién era. Win se sentiría complacido por la reacción.

La habitación se puso en marcha de nuevo poco a poco. Todos tomaron asiento. Frank apoyó las dos manos del tamaño de jamones sobre la mesa.

– Nos hemos enterado de que representas a Brenda Slaughter -dijo.

– ¿Dónde lo has oído?

Frank se encogió de hombros como si dijese: una pregunta idiota.

– ¿Es verdad, Myron?

– No.

– ¿No la representas?

– Así es, Frank.

Frank miró a Roy. Roy permaneció quieto como una estatua de cemento. Luego miró a FJ, que meneaba la cabeza.

– ¿Su viejo todavía continúa siendo su representante? -preguntó Frank.

– No lo sé, Frank. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?

– Ayer estuviste con ella, ¿no? -dijo Frank.

– ¿Y?

– ¿Qué estabais haciendo?

Myron estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

– Dime una cosa, Frank. ¿Qué es lo que te interesa?

Frank abrió mucho los ojos. Miró a Roy, luego a FJ, y después señaló a Myron con un dedo del grosor de una salchicha.

– Perdona, ¿pero tengo aspecto de estar aquí para responder a tus putas preguntas?

– Tu nuevo yo -comentó Myron-. Amistoso, cambiado.

FJ se inclinó hacia delante y miró a Myron a los ojos. Myron le devolvió la mirada. Allí no había nada. Si de verdad los ojos eran el espejo del alma, ahí había un cartel que decía vacante.

– ¿Señor Bolitar?



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