
Win no miró en la dirección de Myron. Miraba a lo lejos como si estuviese posando para una estatua urbana.
– Estaba reflexionando -dijo Win.
– ¿Qué?
– Si te clonas, y después tienes sexo contigo mismo, ¿es incesto o masturbación?
Win.
– Es bueno saber que no estás desperdiciando el tiempo -opinó Myron.
Win lo miró.
– Si aún estuviésemos en Duke -dijo-, probablemente discutiríamos este dilema durante horas.
– Ya, porque estaríamos borrachos.
Win asintió.
– Exactamente.
Ambos apagaron sus teléfonos móviles y caminaron por la Quinta Avenida. Era un truco reciente que Myron y Win utilizaban con gran efecto. Tan pronto como los machotes hormonados aparcaron el coche, Myron había encendido el móvil y apretado el botón de llamada rápida para comunicarse con el móvil de Win. Por lo tanto, Win había escuchado todas las conversaciones. Por ese motivo había dicho en voz alta adónde se dirigían. Por eso Win sabía dónde estaba y cuándo llamar. Win no tenía nada que decirle a Frank Ache, sólo quería que Frank supiese que sabía dónde estaba Myron.
– Atarte a una silla y quemarte la polla -repitió Win-. Eso debe hacer mucho daño.
Myron asintió.
– Para que después digas que notas una sensación ardiente cuando orinas.
– Así es. Venga cuéntame.
Myron comenzó a hablar. Como siempre, Win parecía no escuchar. Ni siquiera miró en su dirección; sus ojos recorrían las calles en busca de mujeres hermosas. Y el centro de Manhattan durante las horas de trabajo estaba lleno de ellas. Vestían trajes chaqueta, blusas de seda y zapatillas Reebok blancas. De vez en cuando Win obsequiaba a una con una sonrisa; y a diferencia de casi cualquier otro neoyorquino, a menudo recibía otra como respuesta.
