
Myron le dirigió un saludo tímido.
– Hola, Cyndi.
– Hola, señor Bolitar.
Big Cyndi medía un metro noventa y seis, pesaba ciento cincuenta kilos y había sido la compañera de equipo de Esperanza en la lucha libre, conocida en el cuadrilátero como Mamá Gran Jefe. Durante años Myron sólo la había oído gruñir, nunca hablar. Pero al parecer era capaz de modular su voz. Cuando trabajaba como gorila en el Leather-N-Lust en la calle 10, utilizaba un acento que hacía que Arnold Schwarzenegger sonase como una de las hermanas Gabor. Ahora mismo estaba haciendo su interpretación de la alegre Mary Richards no descafeinada.
– ¿Está aquí Esperanza? -preguntó él.
– La señorita Díaz está en el despacho del señor Bolitar.
Ella le sonrió. Myron intentó no encogerse. Olviden lo que dijo de Frank Ache; esta sonrisa hizo que le doliesen los empastes.
Se disculpó y fue a su despacho. Esperanza estaba en su mesa, hablaba por teléfono. Vestía una blusa amarillo brillante que resaltaba su piel morena y que siempre le hacía pensar en estrellas reflejándose en el agua tibia de la bahía de Amalfi. Ella lo miró, le hizo un gesto levantando un dedo para que le diese un minuto. Era una perspectiva interesante ver lo que los clientes y los patrocinadores veían cuando estaban en su despacho. Los pósters de los musicales de Broadway detrás de su silla eran demasiado desesperantes. Como si él intentase ser irreverente sólo por la irreverencia.
