
Cuando acabó la llamada, Esperanza dijo:
– Llegas tarde.
– Frank Ache quería verme.
Ella se cruzó de brazos.
– ¿Necesitaba un cuarto jugador para su partida de canasta?
– Quería información sobre Brenda Slaughter.
Esperanza asintió.
– Así que tenemos problemas.
– Quizá.
– Déjala.
– No.
Ella lo miró con ojos inexpresivos.
– Tatúame la palabra «sorprendida».
– ¿Has encontrado algo sobre Horace Slaughter?
Esperanza cogió una hoja de papel.
– Horace Slaughter. Ninguna de sus tarjetas de crédito se ha utilizado en la última semana. Tenía una cuenta en el Newark Fidelity. Saldo: cero dólares.
– ¿Cero?
– La vació.
– ¿Cuánto?
– Once mil. En efectivo.
Myron soltó un silbido y se echó hacia atrás.
– Por lo tanto, está claro que pensaba largarse. Encaja con lo que vimos en el apartamento.
– Ajá.
– Tengo un asunto aún más difícil para ti -dijo Myron-. Su esposa, Anita Slaughter.
– ¿Todavía están casados?
– No lo sé. Quizá legalmente. Ella se fugó hace veinte años. No creo que alguna vez se hayan tomado la molestia de divorciarse. Esperanza frunció el entrecejo.
– ¿Dijiste veinte años atrás?
– Sí. Al parecer nadie la ha vuelto a ver desde entonces.
– ¿Qué es exactamente lo que estamos buscando?
– En dos palabras: a ella.
– ¿No sabes dónde está?
– Ni una sola pista. Como dije, lleva desaparecida desde hace veinte años.
Esperanza aguardó un segundo.
– Podría estar muerta.
– Lo sé.
– Si ha conseguido permanecer oculta todo este tiempo, es probable que haya cambiado de nombre. O abandonado el país.
– Correcto.
– No debe haber muchos registros, si es que hay alguno, de hace veinte años. Desde luego nada en el ordenador.
