
Myron sonrió.
– ¿No te pone frenética cuando te lo pongo tan fácil?
– Ya sé que sólo soy una miserable ayudante…
– No eres mi miserable ayudante.
Ella lo miró.
– Tampoco soy tu socia.
Eso lo hizo callar.
– Soy consciente de que sólo soy tu miserable ayudante -repitió ella-, ¿pero de verdad tenemos tiempo para ocuparnos de esta mierda?
– Sólo haz una búsqueda rutinaria. Mira a ver si tenemos suerte.
– De acuerdo. -Su tono era como el de una puerta que cierra-. Pero tenemos otras cosas que discutir.
– Dispara.
– El contrato de Milner. No quieren renegociarlo.
Analizaron el tema Milner, discutieron un poco más, desarrollaron y afinaron una estrategia, y después llegaron a la conclusión de que su estrategia no funcionaría. Detrás de ellos, Myron oyó cómo comenzaban las obras. Estaban quitando espacio a la sala de espera y la sala de reuniones para hacer el despacho privado que ocuparía Esperanza.
Después de unos pocos minutos, Esperanza se detuvo y lo miró.
– ¿Qué? -preguntó Myron.
– Vas a seguir con esto hasta el final -respondió Esperanza-. Vas a buscar a sus padres.
– Su padre es un viejo amigo mío.
– Jesús, por favor no me digas: «Se lo debo».
– No es sólo eso. Es un buen negocio.
– No es un buen negocio. Estás fuera de la oficina mucho tiempo. Los clientes quieren hablar contigo en persona. También los patrocinadores.
– Tengo mi móvil.
Esperanza negó con la cabeza.
– No podemos continuar de esta manera.
– ¿De qué manera?
– Si no me haces socia, me largo.
– No me vengas con esas ahora, Esperanza. Por favor.
– Ya lo estás haciendo de nuevo.
– ¿Qué?
– Aplazándolo.
– No estoy aplazándolo.
Ella le dirigió una mirada dura y compasiva a partes iguales.
