Con un movimiento simultáneo casi cómico, Bess y Michael dejaron el tenedor sobre la mesa. Observaron boquiabiertos a su hija y luego se miraron el uno al otro.

Mark había dejado de comer.

La música había dejado de sonar.

A través de la pared se oía el murmullo del televisor del apartamento vecino.

– Bueno, decid algo… -los instó Lisa.

Michael y Bess habían perdido el habla. Michael se aclaró la garganta y se secó la boca con la servilleta.

– Bueno… vaya… -consiguió articular.

– Papá, ¿eso es todo? -preguntó Lisa con enojo.

Michael forzó una sonrisa.

– Me ha pillado por sorpresa, Lisa.

– ¿Ni siquiera vas a felicitarnos?

– Bien… claro… Por supuesto, enhorabuena a los dos.

– ¿Mamá? -Lisa miró a Bess de hito en hito.

Bess salió de su estupor.

– ¿Casarte? -repitió con incredulidad-. Pero Lisa…

Apenas conocemos a este muchacho, pensó. Tú no hace ni un año que lo conoces. No sospechábamos que te lo hubieras tornado tan en serio.

– Sonríe, mamá, y repite conmigo: ¡Felicidades, Lisa y Mark!

– Oh, querida…

La mirada atónita de Bess se desplazaba de su ex esposo a su hija.

– Bess, por favor… -susurró Michael.

– Oh, lo siento… Por supuesto, felicidades, Lisa… y Mark… ¿Cuándo lo habéis decidido?

– Este fin de semana. Lo cierto es que nos llevamos muy bien y estamos cansados de vivir separados, de modo que optamos por asumir el compromiso.

– ¿Cuándo será el gran acontecimiento? -inquirió Michael.

– Pronto -respondió Lisa-. Muy pronto. Dentro de seis semanas.

– ¡Seis semanas! -exclamó Bess.

– Sé que es muy precipitado, pero ya lo hemos planeado todo.

– ¿Qué clase de boda puedes planear en seis semanas? Ni siquiera conseguirás encontrar una iglesia.

– Sí, si nos casamos un viernes por la noche.



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