
– Un viernes por la noche… ¡Oh, Lisa!
– Escuchadme, por favor. Mark y yo nos amamos y deseamos casarnos, pero queremos hacerlo de la manera correcta. Estamos de acuerdo en contraer matrimonio por la iglesia. Podemos casarnos en St. Mary el 2 de marzo y celebrar el convite en el club Riverwood, que está disponible en esa fecha. La tía de Mark tiene una empresa de servicio de comida, de modo que se encargará del banquete. Un compañero de trabajo toca en una banda que nos hará un precio especial. Randy ha aceptado ser el padrino y ha prometido incluso cortarse el pelo. Las flores no son ningún problema. Compraremos la tarta de bodas en Wuollet’s, de Grand Avenue, y estoy casi segura de que no nos costará mucho contratar un fotógrafo… Nos hemos dado cuenta de que todo resulta más fácil si la boda se celebra un viernes por la noche. ¿Y bien?
Bess notaba que tenía la boca abierta, pero era incapaz de cerrarla.
– ¿Qué hay de tu vestido?
Lisa y Mark cruzaron una mirada, esta vez sin sonreír.
– Ahí es donde necesitaré tu cooperación. Quiero usar el tuyo, mamá.
Bess la miró pasmada.
– El mío… pero…
– Estoy casi segura de que me quedará bien.
– ¡Oh, Lisa!
La cara de Bess reflejaba consternación.
– Oh, Lisa… ¿qué? -exclamó la joven.
– Lo que tu madre trata de decir -intervino Michael- es que no está segura de que sea apropiado dadas las circunstancias. ¿No es así, Bess?
– ¿Porque estáis divorciados? -Lisa miró a sus padres-. Yo no lo considero impropio -añadió Lisa-. En otro tiempo estuvisteis casados, os amasteis y me tuvisteis a mí. Además, seguís siendo mis padres. ¿Por qué no debería ponerme su vestido?
– Dejo la decisión a tu madre.
Michael miró a Bess, que continuaba conmocionada por la noticia; tenía la mano izquierda -sin alianza- sobre los labios y una expresión afligida en el rostro.
– Mamá, por favor. Podemos salir adelante sin tu ayuda, pero preferiríamos contar con ella; con la de los dos.
