Desde fuera, al menos, a Pip no parecía importarle, aunque su madre siempre se sentía culpable por la escasa relación que tenían. Lo había mencionado a menudo en las sesiones de grupo, pero se sentía incapaz de romper el letargo en que se veía sumida. Nada volvería a ser igual.

Ophélie se guardó las llaves del coche en el bolso, bajó y cerró la puerta sin poner el seguro; no había necesidad alguna. Al entrar en la casa, la única persona a la que vio fue a Amy cargando con mucha diligencia el lavavajillas. Siempre parecía muy ocupada cuando Ophélie llegaba a casa, lo que significaba que había pasado la tarde entera sin hacer nada y se veía obligada a recuperar el tiempo perdido en el último momento. De todos modos, había poco que hacer, pues la casa era luminosa, alegre y nueva, con mobiliario de apariencia limpia, suelos desnudos de madera clara y un ventanal que ocupaba toda la fachada y blindaba una panorámica espectacular del mar. Al otro lado se abría una terraza estrecha y alargada en la que se veían algunos muebles de exterior. Era la clase de casa que necesitaban. Tranquila, fácil de mantener y agradable.

– Hola, Amy. ¿Dónde está Pip? -preguntó Ophélie con ojos cansados.

Apenas se distinguía su procedencia francesa. Hablaba inglés con fluidez y acento casi perfectos. Solo cuando estaba agotada o trastornada en extremo se le escapaba alguna palabra delatora.

– No lo sé -repuso Amy con expresión repentinamente perpleja mientras Ophélie la observaba.

No era la primera vez que sostenían aquella conversación. Amy nunca sabía dónde paraba Pip. Como siempre, Ophélie sospechó al instante que la chica se había pasado la tarde hablando con su novio por el móvil. Era lo único de lo que se quejaba casi cada vez. Amy trabajaba de canguro para ella, y Ophélie esperaba que supiera dónde se metía Pip, máxime teniendo en cuenta que la casa estaba tan cerca del mar. Siempre la embargaba el pánico al pensar que podía ocurrirle algo.



16 из 343