
– Creo que está leyendo en su habitación. Estaba allí la última vez que la he visto.
En realidad, Pip no había entrado en su habitación desde que se levantara por la mañana. Su madre fue a echar un vistazo, pero por supuesto la estancia estaba desierta. En aquel preciso instante, Pip corría por la playa en dirección a la casa, con Mousse haciendo cabriolas tras ella.
– ¿Ha bajado a la playa? -preguntó Ophélie con nerviosismo al volver a la cocina.
Tenía los nervios de punta desde octubre, algo impropio de ella hasta entonces. Pero todo había cambiado. Amy había puesto en marcha el lavavajillas y se disponía a irse, despreocupada por el paradero de la niña, segura y confiada como correspondía a su juventud. Pero Ophélie había aprendido la terrible lección de que la vida no era digna de confianza.
– No lo creo, o al menos no me ha dicho nada.
La chica parecía relajada y tranquila en contraste con el nerviosismo de Ophélie. Se suponía que la urbanización era segura, y en verdad tenía esa impresión, pero la enfurecía y asustaba que Amy permitiera a Pip campar a sus anchas sin vigilarla. Si resultaba herida, tropezaba con algún problema o la atropellaba un coche, nadie se enteraría. Había ordenado a Pip avisar a Amy antes de ir a ninguna parte, pero ni la niña ni la adolescente le hacían el más mínimo caso.
– ¡Hasta el jueves! -se despidió Amy antes de salir de la casa como una exhalación.
Ophélie se quitó las sandalias, salió a la terraza, paseó la mirada preocupada por la playa y por fin vio a su hija. Pip llegaba corriendo, sosteniendo en la mano algo que revoloteaba al viento; parecía una hoja de papel. Con profundo alivio, Ophélie caminó hasta la duna y luego bajó a la playa para salir a su encuentro. La habían asaltado las peores tragedias posibles en lugar de las explicaciones más sencillas. Eran casi las cinco y hacía cada vez más frío.
