
antes de salir,
como toreros
entrando en el ruedo,
sin saber nunca qué traerá
la noche,
si calor o desesperación,
peligro o muerte a ellos
o a nosotros.
Mis plegarias son silenciosas
y sinceras,
y al fin salimos,
y la risa nos acompaña
como un repique de campanas.
Buscamos las caras,
los cuerpos,
los ojos que nos buscan.
Ya nos conocen
y acuden corriendo.
Saltamos
una y otra vez,
arrastrando pesados sacos,
para comprarles un día más,
una noche más bajo la lluvia,
una hora más… en el frío.
Recé por ti…
¿Dónde estabas?
¡Sabía que vendrías!
Las camisas se les pegan
al cuerpo por la lluvia,
su dolor y su alegría
se mezclan con los nuestros.
Somos los camiones
cargados de esperanza
en un grado que
no alcanzamos a medir.
Sus manos tocan las nuestras,
sus ojos taladran
los nuestros.
Dios os bendiga,
cantan las voces quedas
mientras se alejan.
Durante un momento
en las calles, comparten
una pierna, un brazo,
un instante, una vida.
Seguimos adelante
con su recuerdo grabado
en nuestras memorias:
la chica con el rostro
cubierto de costras,
el muchacho con una sola pierna
de pie bajo la lluvia,
