cuya madre lloraría al verlo,

el hombre que agacha la

cabeza y solloza,

demasiado frágil para coger

el saco que le tendemos;

y luego los otros,

los que nos asustan,

que se acercan

y merodean

tratando de decidir

si golpean o participan,

si atacan o dan las gracias.

Sus ojos buscan nuestros ojos,

sus manos tocan las mías,

sus vidas se entrelazan

con las nuestras,

como las otras.

Irrevocablemente,

sin medida.

Y al fin,

la confianza es el único

vínculo que nos une,

la única esperanza

a para ellos, para nosotros,

el único escudo

cuando los tenemos delante.

La noche avanza,

el desfile de rostros

no tiene fin.

La aparente inutilidad

de nuestra acción

se ve interrumpida

apenas un momento

por la esperanza

cuando un saco lleno de ropa

abrigada y alimentos,

una linterna, un saco de dormir,

una baraja de cartas

y unas tiritas

les devuelven la dignidad

de una humanidad

igual a la nuestra.

Y finalmente,

un rostro de mirada

desolada y desoladora

te para el corazón,

quiebra el tiempo

en pequeños fragmentos,

hasta que al fin estamos

quebrantados como ellos,

o tan enteros.



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