
Ya no hay diferencia entre
nosotros.
Somos uno y, mientras
sus ojos buscan los míos,
me pregunto si me permitirá
reclamarlo
como uno de los nuestros
o se adelantará
para matarme.
Pues hace tiempo que toda
esperanza terminó para él.
¿Por qué hacen esto por
nosotros?
Porque les quiero, me gustaría
contestar,
pero raramente encuentro
las palabras
mientras les tiendo el saco
junto con mi corazón,
mi esperanza y mi fe,
que apenas alcanzan para tantos.
Y como siempre, la peor cara
para el final,
después de algunas alegres
y otras tan próximas
a la muerte
que no pueden hablar.
El rostro que me acompaña
a casa en el corazón,
con su corona de espinas
sobre la cabeza
y la cara devastada,
es el más sucio
y el más terrible de todos.
Allí de pie, me mira
manteniendo las distancias;
su mirada me taladra
con una expresión
a veces desolada
y al mismo tiempo ominosa
y desesperanzada.
Lo veo venir
derecho hacia mí.
Quiero escapar,
pero no puedo hacerlo
ni me atrevo.
Saboreo el miedo.
Nos encontramos
frente a frente,
paladeando el terror mutuo
como lágrimas
que se mezclan en una cara.
