Nuestras victorias

y derrotas

convergen

poco a poco,

nuestras historias

se funden

en una,

se dejan acariciar

por el sol

de invierno,

y ya no me siento

quebrantada.

Y toda yo,

al fin completa,

como una antigua vasija

agrietada

pero hermosa,

los misterios

de la vida

ya no necesitan

respuesta

y tú, querido amigo,

tomados de la mano,

seguimos

rehaciéndonos.

Y la vida

empieza de nuevo,

una canción

de amor

y alegría

que no tiene

fin.

Capítulo 1

Era uno de esos días fríos y brumosos que caracterizan el verano en el norte de California. El viento barría la playa en forma de media luna alargada, levantando nubes de arena fina. Una niña pequeña ataviada con bermudas rojas y jersey blanco paseaba despacio por la playa de cara al viento mientras su perro husmeaba las algas que alfombraban la orilla.

La pequeña tenía el cabello corto, rojizo y rizado, ojos color miel con motitas ámbar y la tez salpicada de pecas. Quienes sabían de niños le habrían echado entre diez y doce años. Era grácil, menuda y de piernas flacas. Su perro era un labrador de color chocolate. Habían bajado caminando sin prisas desde la urbanización vallada hasta la playa pública que se extendía en el extremo más alejado. La playa estaba casi desierta por el frío pero a la niña no le importaba. De vez en cuando, el perro ladraba al ver levantarse las nubecillas de arena y luego regresaba corriendo a la orilla. En un momento dado se puso a ladrar frenético al descubrir un cangrejo, y la niña estalló en carcajadas. A todas luces, la pequeña y el perro eran buenos amigos. Algo en la forma de caminar juntos delataba una vida solitaria, como si dieran aquellos largos paseos a menudo.



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