Era imposible saber quién era Melanie. Parecía que no tuviera personalidad ni voz, salvo para cantar.

– Fui corista en Las Vegas, ¿sabes? -informó Janet a Sarah, que se esforzó por parecer interesada. Era fácil de creer; daba el tipo pese a los vaqueros, que llenaba generosamente, y a los enormes pechos, que Sarah sospechaba, acertadamente, que no eran de verdad. Los de Melanie también eran impresionantes, pero era lo bastante joven como para que, con su cuerpo esbelto, sexy y bien tonificado, no resultara chocante. Janet parecía un poco en el ocaso. Era una mujer de aspecto robusto, con una voz chillona y una personalidad en consonancia. Sarah se sentía abrumada, intentando encontrar alguna excusa para marcharse, mientras Melanie y su compañera de la escuela seguían mirando la tele hipnotizadas.

– Me reuniré con vosotras abajo para asegurarnos de que todo está preparado para el ensayo -le dijo a Janet, ya que parecía que en la vida real actuaba en nombre de su hija a jornada completa. Sarah calculó que si se quedaba con ellas unos veinte minutos, todavía le quedaría tiempo para ir a la peluquería. Para entonces, todo lo demás estaría hecho; en realidad ya lo estaba.

– Hasta luego -respondió Janet con una amplia sonrisa mientras Sarah escapaba de la estancia y se dirigía a su habitación.

Se sentó unos minutos y miró los mensajes del móvil. Había vibrado dos veces mientras estaba en la suite de Melanie, pero no había querido cogerlo. Uno era de la florista, para decirle que llenarían los cuatro enormes jarrones que había fuera del salón de baile antes de las cuatro. El otro era de la orquesta de baile confirmando que empezarían a las ocho. Llamó a casa para ver cómo estaban los niños y la canguro le dijo que todo iba muy bien.



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