Lo único que la delataba era su numeroso séquito. Pero no tenía ninguna de las malas costumbres ni se comportaba como la mayoría de las estrellas. La cantante que actuó en el baile de los Smallest Angels del año anterior cogió una rabieta impresionante por un problema con el sistema de sonido, y justo antes de salir a escena le tiró una botella de agua a su mánager y amenazó con marcharse. Arreglaron el problema, pero Sarah casi fue presa del pánico ante la perspectiva de tener que cancelar la actuación en el último minuto. La actitud tranquila de Melanie era un alivio, independientemente de cuáles fueran las exigencias que hacía su madre en su nombre.

Sarah esperó otros diez minutos, mientras acababan de montarlo todo, preguntándose si Melanie bajaría más tarde, pero sin atreverse a preguntarlo. Había averiguado discretamente si tenían todo lo que necesitaban y, cuando le dijeron que sí, se sentó en silencio a una mesa, sin interferir en su trabajo, y esperó a que Melanie apareciera. Cuando entró eran las cuatro menos diez, y Sarah se dio cuenta de que llegaría tarde a la peluquería. Después tendría que correr como una loca para estar lista a tiempo. Pero primero tenía que atender sus deberes, y este era uno de ellos: eliminar cualquier obstáculo para su estrella, estar disponible y, si era necesario, hacerle la corte.

Melanie entró con chancletas, una breve camiseta y unos vaqueros cortados. Llevaba el pelo recogido en lo alto con una horquilla con forma de banana, y su mejor amiga iba a su lado. La madre entró primero, la secretaria y la mánager cerraban la marcha, y dos guardaespaldas, de aspecto amenazador, andaban cerca. No se veía a Jake, el novio, por ninguna parte. Probablemente, seguía en el gimnasio. Melanie era la que menos destacaba en el grupo, casi desaparecía en medio de los demás. El batería le tendió una Coca-Cola, ella la abrió, tomó un trago, subió al escenario y parpadeó al mirar la sala. Comparado con los lugares donde estaba acostumbrada a actuar, era un local diminuto. El salón tenía un aire cálido e íntimo gracias a como Sarah lo había decorado y, aquella noche, cuando se atenuaran las luces y se encendieran las velas, tendría un aspecto maravilloso. Ahora, la sala estaba brillantemente iluminada y, después de mirar alrededor unos momentos, Melanie gritó a uno de los encargados del equipo:



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