
Había un problema con los entremeses. No habían llegado las ostras Olympia; las que tenían no eran muy frescas y tenía que elegir otra cosa. Por una vez, se trataba de una decisión menor. Sarah estaba acostumbrada a decisiones mayores. Le dijo a la componente del comité que eligiera ella, mientras no fuera caviar o algo parecido que les destrozara el presupuesto; luego entró corriendo en el ascensor, cruzó el vestíbulo a toda prisa y le pidió al mozo del hotel que le trajera el coche. Se lo había aparcado cerca. La generosa propina que le había dado a primera hora de la mañana había dado sus frutos. Entró bruscamente en California Street, giró a la izquierda y subió por Nob Hill. Llegó a la peluquería con quince minutos de retraso; al entrar casi estaba sin respiración, mientras se disculpaba por lo tarde que era. Eran las cuatro y treinta y cinco, y tenía que marcharse, como máximo, a las seis. Había confiado en estar lista para las seis menos cuarto, como muy tarde, pero ya no era posible. Sabían que presidía su gran gala benéfica aquella noche y la hicieron sentar rápidamente. Le sirvieron agua mineral con gas, seguida de una taza de té. La manicura se puso a trabajar en ella tan pronto como le lavaron el pelo y empezaban a secárselo cuidadosamente.
– Dime, ¿cómo es Melanie Free en persona? -preguntó la peluquera, esperando algún cotilleo-. ¿Jake está con ella?
– Sí-dijo Sarah, discretamente-. Ella parece un encanto. Estoy segura de que estará fantástica esta noche. -Sarah cerró los ojos, tratando desesperadamente de relajarse. Iba a ser una noche larga y esperaba que triunfal. Se moría de ganas de que empezara.
A Sarah le estaban recogiendo el pelo en un elegante moño, con pequeñas estrellas de bisutería prendidas en él, cuando Everett Carson se registró en el hotel. Medía un metro noventa y cinco, era originario de Montana y seguía teniendo el aspecto del vaquero que había sido en su juventud. Era alto y delgado; el pelo, un poco demasiado largo, se veía despeinado; vestía vaqueros, una camiseta blanca y las que él llamaba sus botas de la suerte.