Sacó un refresco de la nevera del minibar, lo abrió y tomó un trago. Desde la habitación se veía el edificio del otro lado de la calle y todo en ella estaba inmaculado y era increíblemente elegante. Añoraba los ruidos y los olores de las ratoneras donde había dormido durante treinta años, el hedor de la pobreza de las callejuelas de Nueva Delhi y todos los lugares exóticos donde lo había llevado su profesión a lo largo de tres décadas.

– Tómalo con calma, Ev -dijo en voz alta. Conectó la CNN, se sentó al pie de la cama y sacó un papel doblado del bolsillo. Lo había conseguido en internet, antes de salir del des-pacho en Los Ángeles. Se dijo que debía de ser su día de suerte. Había una reunión a una manzana de distancia, en una iglesia de California Street llamada Oíd St. Mary's. Era a las seis y duraría una hora, así que podía estar de vuelta en el hotel a las siete, cuando empezara la gala. Significaba que tendría que ir a la reunión con esmoquin, para no llegar tarde. No quería que nadie se quejara de él a los editores. Era demasiado pronto para hacer el trabajo deprisa y corriendo. Siempre lo había hecho, y había salido bien librado. Pero en aquel entonces bebía. Este era un nuevo comienzo y no quería tentar su suerte. Se estaba portando bien, siendo consciente y honrado. Era como volver a la guardería. Después de fotografiar a soldados moribundos en las trincheras y estar rodeado de fuego enemigo por todas partes, hacer el reportaje de una gala benéfica en San Francisco era condenadamente aburrido, aunque a otros les habría gustado. Por desgracia, no era uno de ellos. Este trabajo le resultaba duro.

Suspiró mientras terminaba el refresco; tiró la botella a la papelera, se quitó la ropa y se metió en la ducha.



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