
Era un placer sentir el agua cayéndole por encima con fuerza. Había sido un día muy caluroso en Los Ángeles y allí también hacía calor y bochorno. Afortunadamente, la habitación tenía aire acondicionado, así que se sintió mejor cuando salió de la ducha. Mientras se vestía, se dijo que ya estaba bien de quejarse de su vida. Decidió sacar el máximo partido y cogió uno de los bombones que había en la mesita de noche y se comió una galleta del minibar. Se miró en el espejo, mientras se sujetaba la pajarita y se ponía la chaqueta del esmoquin alquilado.
– Dios mío, pareces un músico… o un caballero -dijo, sonriendo-. No… un camarero… no nos volvamos locos. -Era un gran fotógrafo que había ganado un Pulitzer. Varias de sus fotos habían salido en la portada de la revista Time. Tenía un nombre en el sector y, durante un tiempo, lo había fastidiado todo con la bebida, pero por lo menos eso había cambiado. Se había pasado seis meses en rehabilitación y otros cinco en un ashram tratando de encontrar sentido a su vida. Pensaba que lo había conseguido. Había dejado el alcohol para siempre. No había otro camino. Cuando tocó fondo, estuvo a punto de morir en un hotel de mala muerte en Bangkok. La puta que estaba con él lo salvó y lo mantuvo vivo hasta que llegó la ambulancia. Uno de sus compañeros periodistas lo embarcó de vuelta a Estados Unidos. Lo despidieron de la AP por haber faltado a su trabajo durante casi tres semanas y por incumplir todos los plazos de entrega por centésima vez en un año. Había perdido el control, así que aceptó hacer rehabilitación, aunque solo treinta días, nada más. Estando allí fue cuando se dio cuenta de lo mal que estaban las cosas. Era desintoxicarse o morir. Así que se quedó seis meses y decidió desintoxicarse, en lugar de morir la próxima vez que se fuera de juerga.
Desde entonces había aumentado de peso, tenía un aspecto sano y acudía a las reuniones de Alcohólicos Anónimos todos los días, a veces hasta tres veces al día.
