
Sarah había organizado el acontecimiento con el mismo esmero y meticulosidad con que lo hacía todo, y de la misma manera en que había dirigido actos benéficos similares en Nueva York. A cada detalle le había dado un toque personal y, al mirar las rosas de color marfil que había en cada mesa, rodeadas de cintas doradas y plateadas, se dijo que parecía más una boda que una gala benéfica. Se las había procurado el mejor florista de la ciudad, a un tercio del coste normal. Saks iba a ofrecer un desfile de moda y Tiffany enviaría a sus modelos para que exhibieran sus joyas y se pasearan entre la multitud.
Se celebraría una subasta de artículos de alto precio que incluían joyas, viajes a lugares exóticos, actividades deportivas, posibilidad de conocer y saludar a algunas celebridades y un Range Rover negro que estaba aparcado delante del hotel con un enorme lazo dorado encima. Alguien iba a sentirse muy feliz conduciendo aquel coche de vuelta a casa al final de la noche. Pero todavía serían más felices en la unidad neonatal del hospital en cuyo beneficio se celebraba la gala. Era el segundo baile que Sarah organizaba y dirigía para Smallest Angels. El primero había recaudado más de dos millones de dólares, sumando el precio de la entrada, la subasta y las donaciones. Aquella noche esperaba llegar a los tres millones.
Las destacadas actuaciones que ofrecían les ayudarían a alcanzar su objetivo. Una orquesta de baile que tocaría a intervalos durante toda la noche. La hija de un importante magnate hollywoodiense era miembro del comité organizador. Su padre había conseguido que actuara Melanie Free, lo cual les permitía cobrar unos precios elevados tanto para las entradas individuales como para las mesas de los patrocinadores. Melanie había ganado un Grammy tres meses atrás y sus actuaciones individuales, como esta, solían cotizarse a un millón y medio. En este caso actuaría sin cobrar. Lo único que Smallest Angels tenía que hacer era pagar los costes de producción, que eran bastante altos. Los gastos del viaje, la comida y el alojamiento de los encargados de transportar y montar el equipo y de la orquesta ascendían a trescientos mil dólares, lo cual era una ganga, considerando de quién se trataba y del efecto sísmico de sus actuaciones.
