Todos se quedaron impresionados al recibir la invitación y ver quién actuaba. Melanie Free era la artista musical más en boga del momento en todo el país y era deslumbrante. Tenía diecinueve años y su carrera en los dos últimos había sido meteórica debido a sus constantes éxitos. Su reciente Grammy era la guinda del pastel, y Sarah le agradecía que siguiera dispuesta a participar en su gala benéfica sin cobrar nada. Lo que más miedo le daba era que Melanie cancelara en el último minuto. En las actuaciones gratuitas, muchas estrellas y cantantes decidían no presentarse solo unas horas antes del momento previsto. Pero el agente de Melanie había jurado que ella estaría allí. Prometía ser una noche apasionante; además, toda la prensa cubriría la gala. El comité se las había arreglado, incluso, para hacer que algunas estrellas volaran desde Los Ángeles para estar presentes, y todos los miembros relevantes de la sociedad local habían comprado entradas. En los dos últimos años, había sido la gala benéfica más importante y productiva de San Francisco y, según decían todos, la más divertida.

Sarah había promovido la gala benéfica como resultado de su experiencia personal con la unidad neonatal que había salvado a su hija Molly tres años atrás, cuando nació prematuramente tres meses antes de lo previsto. Era el primer hijo de Sarah. Durante el embarazo todo parecía ir bien. Sarah tenía un aspecto fabuloso y se sentía de maravilla y, con treinta y dos años, daba por sentado que no habría ningún problema, hasta que una noche lluviosa se puso de parto y no pudieron detenerlo. Molly nació al día siguiente y pasó dos meses en una incubadora en la UCI neonatal, mientras Sarah y su marido, Seth, permanecían allí, impotentes. Sarah había permanecido día y noche en el hospital; habían salvado a Molly y no le habían quedado secuelas ni daños. Ahora, con tres años, era una niña feliz y activa, lista para empezar el preescolar en otoño.



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