
– Justo a tiempo… -susurró para sí al entrar en la rectoría para buscar al grupo. Eran exactamente las seis y ocho minutos. Y como siempre hacía, sabía que participaría en la reunión.
Mientras Everett entraba en Old St. Mary's, Sarah bajó del coche de un salto y entró en el hotel a la carrera. Le quedaban cuarenta y cinco minutos para vestirse y cinco para bajar desde su habitación. Tenía las uñas recién pintadas, aunque había estropeado dos al buscar la propina en el bolso demasiado pronto. Pero tenían buen aspecto y le gustaba cómo le habían arreglado el pelo. Las sandalias golpeteaban contra el suelo con un sonido sordo mientras atravesaba el vestíbulo corriendo. El conserje le sonrió cuando pasaba a toda velocidad y le dijo:
– ¡Buena suerte esta noche!
– Gracias.
Saludó con la mano, utilizó su llave del ascensor para llegar a la planta club y, tres minutos después, estaba en su habitación; abrió el agua de la bañera y sacó el vestido de la bolsa de plástico con cremallera donde estaba guardado. Era blanco y plateado, brillante, y destacaría su figura a la perfección. Se había comprado unas sandalias Manolo Blahnik plateadas, de tacón alto, que iban a ser un martirio para andar pero combinarían de fábula con el vestido.
