Entró y salió de la bañera en cinco minutos y se sentó para maquillarse. Se estaba poniendo unos pendientes de diamantes cuando llegó Seth, a las siete menos veinte. Era un jueves por la noche, y él le había rogado que celebrara la gala de recogida de fondos el fin de semana, para no tener que levantarse al alba a la mañana siguiente, pero aquella era la única fecha que tanto el hotel como Melanie le habían propuesto, así que siguieron adelante.

Seth parecía tan estresado como siempre cuando llegaba a casa del despacho. Trabajaba mucho y siempre tenía muchas cosas en marcha a la vez. Se sentó en el borde de la bañera, se pasó la mano por el pelo y se inclinó para besar a su esposa.

– Pareces hecho polvo -le dijo ella, comprensiva. Formaban un gran equipo. Se llevaban maravillosamente desde el día en que se conocieron en la escuela de negocios. Su matrimonio era feliz, les encantaba su vida y estaban locos por sus hijos. Él le había proporcionado una vida increíble en los últimos años. A ella le gustaba todo lo que compartían y, sobre todo, le gustaba todo en él.

– Estoy hecho polvo -confesó-. ¿Cómo se presenta esta noche? -preguntó. Le encantaba que le contara las cosas que hacía. Era su partidario más acérrimo y su máximo admirador. A veces pensaba que, al quedarse en casa, desperdiciaba una mente extraordinaria para los negocios y su máster en Administración de Empresas, pero estaba agradecido de que se dedicara tanto a sus hijos y a él.

– ¡Fantástico! -Sarah sonrió en respuesta a su pregunta sobre la gala, y se puso un tanga de encaje blanco, diminuto y casi invisible, que no se vería debajo del vestido.



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