El segundo hijo de Sarah, Oliver, «Ollie», había nacido el verano anterior sin ningún problema. Ahora era un pequeño de nueve meses, encantador, regordete y muy simpático. Sus hijos eran la alegría de Sarah y de su esposo. Era una mamá a jornada completa y su única actividad seria, aparte de esa, era organizar esta gala benéfica cada año. Exigía una cantidad de trabajo y de organización enorme, pero se le daba muy bien.

Sarah y Seth se conocieron en la Escuela de Negocios de Stanford seis años atrás, tras abandonar Nueva York. Se casaron en cuanto se graduaron y se quedaron en San Francisco. Seth consiguió trabajo en Silicon Valley y, justo después del nacimiento de Molly, puso en marcha sus propios fondos de alto riesgo. Sarah decidió no incorporarse al mercado laboral. Se quedó embarazada de Molly en su noche de bodas y prefirió estar en casa, con sus hijos. Antes de ir a Stanford, había pasado cinco años trabajando de analista en Wall Street, Nueva York. Pero ahora quería disfrutar unos años de la maternidad a tiempo completo. A Seth le había ido tan bien con sus fondos de alto riesgo que no había ninguna razón para que volviera a trabajar.

A los treinta y siete años, Seth había amasado una considerable fortuna y era uno de los astros jóvenes más brillantes en el cielo de la comunidad financiera, tanto en San Francisco como en Nueva York. Habían comprado una gran casa de ladrillos muy bonita en Pacific Heights, con vistas a la bahía, y la habían llenado de arte contemporáneo: Calder, Ellsworth Kelly, De Kooning, Jackson Pollock y un puñado de desconocidos pero prometedores artistas. Sarah y Seth disfrutaban plenamente de su vida en San Francisco.



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