Les había resultado fácil trasladarse, ya que Seth había perdido a sus padres hacía unos años y los de Sarah se habían ido a vivir a las Bermudas, así que ya no tenían unos lazos familiares fuertes con Nueva York. Para todos, en ambas costas, era evidente que Sarah y Seth habían ido allí para quedarse; además, suponían una aportación maravillosa a la escena económica y social de la ciudad. Incluso un fondo de alto riesgo, competidor, le había ofrecido un puesto a Sarah, pero ella solo deseaba pasar el tiempo con Oliver y Molly… y con Seth, cuando estaba libre. Acababa de comprarse un avión, un G5, y volaba a Los Ángeles, Chicago, Boston y Nueva York con frecuencia. Tenían una vida dorada, que mejoraba de año en año. Aunque tanto Seth como ella habían nacido y se habían criado en una situación acomodada, ninguno de los dos había gozado de la vida de lujo de que disfrutaban ahora. De vez en cuando, Sarah sentía cierta preocupación porque quizá estaban gastando demasiado dinero, con una mansión fabulosa en Tahoe, además de la casa en la ciudad y el avión privado. Pero Seth insistía en que todo iba bien. Decía que la clase de dinero que estaba ganando era para disfrutarlo. Y no había ninguna duda de que él lo disfrutaba.

Seth llevaba un Ferrari y Sarah un Mercedes familiar, perfecto para ella, con dos niños, aunque tenía el ojo puesto en el Range Rover que iban a subastar aquella noche. Le había dicho a Seth que lo encontraba realmente bonito. Y, sobre todo, era por una buena causa que a los dos les importaba sinceramente. Al fin y al cabo, la unidad neonatal había salvado la vida de Molly. En un hospital con inferior tecnología y menos avanzado médicamente, su adorable niña de tres años ahora no estaría viva. Para Sarah era muy importante corresponder organizando la gala, que había sido idea suya. El comité les entregaba una cantidad enorme después de pagar los gastos de la noche. Seth había empezado con una donación de doscientos mil dólares en nombre de los dos.



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