Sarah estaba muy orgullosa de él. Siempre lo había estado y seguía estándolo. Era la estrella más luminosa de su cielo y, después de cuatro años de matrimonio y dos hijos, seguían muy enamorados. Incluso estaban pensando en tener un tercer hijo. Durante los tres últimos meses había estado abrumada de trabajo organizando la gala. Iban a alquilar un yate en Grecia, en agosto, y Sarah pensaba que sería el momento perfecto para quedarse embarazada de nuevo.

Rodeó lentamente cada mesa del salón de baile para volver a comprobar los nombres de las tarjetas con su lista. Parte del éxito del baile de Smallest Angels se debía a que estaba organizado con un gusto exquisito. Era un acontecimiento de primer orden. Mientras se dirigía hacia las mesas de plata, después de comprobar las de oro, encontró dos errores y cambió las tarjetas con expresión grave. Acababa de inspeccionar la última mesa y se disponía a comprobar las bolsitas con los obsequios para los asistentes, que seis de los miembros del comité estaban llenando para entregarlas al final de la noche, cuando la vicepresidenta de la gala se le acercó desde el otro lado del salón con cara de entusiasmo. Era guapa, una rubia alta casada con el consejero delegado de una importante empresa. Era su esposa trofeo, había sido modelo en Nueva York y tenía veintinueve años. No tenía hijos ni pensaba tenerlos. Había querido estar en el comité con Sarah porque la gala era muy importante y divertida. Se lo había pasado en grande ayudándola a organizarlo todo y las dos se llevaban bien. Sarah tenía el pelo tan oscuro como rubio era el de Ángela. Lucía una melena larga, lisa, de color castaño oscuro, una piel marfileña y unos enormes ojos verdes. Era una mujer muy guapa, incluso con el pelo recogido en una cola de caballo, sin maquillaje y vestida con una camiseta, vaqueros y sandalias. Era poco más de la una, pero seis horas más tarde las dos habrían experimentado una transformación. Aunque de momento estaban muy ocupadas.



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