– ¡Está aquí! -susurró Ángela con una enorme sonrisa.

– ¿Quién? -preguntó Sarah apoyando la carpeta en la cadera.

– ¡Ya sabes quién! ¡Melanie, por supuesto! Acaban de llegar. La he acompañado a su habitación. -Sarah se sintió aliviada al ver que habían llegado a tiempo en el avión privado que el comité había fletado para traerla a ella y a su séquito desde Los Ángeles. Los músicos y los encargados del equipo habían viajado en un vuelo comercial y hacía dos horas que estaban en sus habitaciones del hotel. Melanie, su mejor amiga, su mánager, su secretaria, su peluquero, su pareja y su madre habían volado en el avión alquilado.

– ¿Qué tal es? -preguntó Sarah con aire preocupado.

Habían recibido una lista con todo lo que pedía, que incluía botellas de agua Calistoga, yogur bajo en calorías, una docena de alimentos ecológicos y una caja de champán Cristal. La lista ocupaba veintiséis hojas y recogía todas sus necesidades personales, las preferencias en comida de su madre, incluso la cerveza que bebía su pareja. También había otras cuarenta páginas relativas a todo lo que necesitarían los músicos y todo el equipo eléctrico y de sonido en el escenario. El día anterior, a medianoche, había llegado el piano de cola, de dos metros y medio de largo, que exigía para su actuación. Tenía previsto ensayar con sus músicos a las dos de la tarde. Todos tenían que haber abandonado el salón para entonces, razón por la cual Sarah terminaría su ronda a la una.

– Estupenda. El chico es un poco raro y su madre me ha dado un susto de muerte, pero su amiga es un encanto. Melanie es guapa de verdad y muy agradable.

Sarah había tenido la misma impresión la única vez que habló con ella por teléfono. Sarah había tratado casi siempre con su mánager, pero había insistido en llamar a Melanie personalmente para agradecerle que participara en su gala. Y ahora había llegado el gran día. Melanie no había cancelado con ellos para actuar en algún otro sitio, el avión no se había estrellado y todos habían llegado puntualmente.



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