
A Laura se le puso un nudo en la garganta. Nunca había tenido cerca un bebé y no sabía qué hacer, cómo darle de comer o cambiarlo. Pero amarlo no iba a ser ningún problema.
Con torpeza, le bajó la cremallera del saco en el que iba metido y le sacó. Él la miró. Tenía ojos azules. Ese azul que era más suave que el cielo y tan puro como la inocencia. Su cuerpo en miniatura era robusto y rellenito, y como un milagro, encajó perfectamente en la curva de su brazo.
Durante un momento Laura se quedó tan absorta en el bebé, que no se dio cuenta de que Will había vuelto y estaba de pie a su lado.
– Hay un parque en el vestíbulo. ¿Quieres que lo instale aquí? ¿Y llevo el resto de sus cosas al estudio?
Laura lo miró.
– Gracias -murmuró.
Era típico de Will ofrecer ayuda práctica, pero no había nada en su cara que mostrara que estuviera alterado por lo que había pasado.
Pero tenía que estar perturbado. Incluso en el momento más apasionado, nunca se olvidaba del control de natalidad, y nunca había expresado el menor deseo de tener un bebé, y mucho menos de que de pronto apareciera en su vida el bebé de un extraño.
Instintivamente, Laura apretó al pequeñín. Ella no había vacilado ni por un instante en ayudar a su hermana. Will no había puesto ninguna pega, y además todo lo que había hecho y dicho demostraba que lo entendía. Laura no tenía opción, Deb era su hermana y tenía problemas.
Pero la libertad e intimidad de su relación estaba a punto de desaparecer. Ninguno pudo imaginar que eso sucedería, y sólo sería algo temporal.
Pero Laura no sabía cómo se lo tomaría Will.
– ¡Feliz Navidad, Daniel!
Como Laura estaba ocupada en la cocina, Will hizo de anfitrión y abrió la puerta. El padre de Laura era de mejillas rojizas y sonriente, pero tenía artritis y problemas para andar. Will sabía exactamente de quién había heredado Laura su gran orgullo. Es hombre nunca pedía ayuda, pero Will rápidamente le quitó el regalo pesado de sus manos y le hizo entrar.
