
– Feliz Navidad a ti también. Es estupendo verte, Will -Daniel dejó su sombrero en el perchero-. No tengo que preguntar dónde está Laura. ¿Es bastante grande el pavo?
– Enorme -Will le quitó su abrigo-. Será mejor que te avise. Laura ha amenazado a cualquiera que se acerque a la cocina.
Daniel se rió.
– La verdad es que mi hija adora la Navidad y todo ese galimatías. ¿Dónde está mi nieto?
– Durmiendo junto al árbol.
Will vio a Daniel colocarse el bastón y dirigirse directamente hacia la puerta del salón, desde donde se quedó mirando al niño.
Laura llamó a su padre esa mañana para contarle lo del bebé, aunque le ofreció una versión algo distinta de lo ocurrido. Daniel sólo sabía que Deb iba a divorciarse y a mudarse; y que Laura se había ofrecido a cuidar al niño hasta que ella se instalara.
A Will no le gustó la mentirijilla. Entendía el razonamiento de Laura. Debido a la salud precaria de su padre ella quería evitarle todos los disgustos posibles. Pero Daniel seguía siendo un hombre, y no era débil mentalmente sólo por serlo físicamente. Tenía derecho a saber lo que le había sucedido a su hija y derecho a actuar. De todos modos Will no discutió con Laura. No tuvieron tiempo para discutir, ni hablar ni hacer nada durante toda la noche excepto ocuparse del bebé.
– Daniel, ¿te apetece beber algo?
– No me importaría un poco de jerez -Daniel suspiró-. No, no me lo traigas. Mi hija me mataría si tomo algo de alcohol. Se me puede subir a la cabeza y además tengo que darle el beso de feliz Navidad.
Will se quedó detrás cuando Daniel se dirigió a la cocina, pero pudo oír el sonido de voces y risas. Normalmente oía saludos, abrazos, Laura riñendo a su padre, él tomándole el pelo, conversaciones familiares… Nunca se había sentido cómodo uniéndose a ellos. Daniel siempre le había aceptado bien en la vida de su hija y nunca le había hecho preguntas incómodas o embarazosas. Pero Will nunca podía olvidarse de la sensación de no ser aceptado.
