El bebé lloriqueó.

Will levantó la cabeza, primero hacia el niño y luego a la cocina, imaginando que Laura o Daniel saldrían al momento. Pero ninguno pareció oír al bebé.

Metiéndose las manos en los bolsillos, se acercó al parque. Archie. Vaya nombre ridículo para una criatura de cara arrugada y roja con extraños ojos azules que parecían desenfocados… excepto en ese momento. El bebé giró la cabeza y lo miró, directamente a él… y soltó otro gemido.

Estaba claro que él no le gustaba.

Will no le había puesto al niño un dedo encima desde que había llegado, así que no sabía por qué estaba enemistado con él. Pero lo estaba. Cuando Will aparecía, el bebé lloraba. Quizás el mequetrefe hubiera adivinado que sentía cierta inquietud y malestar hacia los bebés. Su propia madre lo abandonó a él cuando era como Archie. Y aunque esa historia no tenía nada que ver con Archie, estar cerca de un bebé le recordaba todos esos años que a él no lo quisieron, no perteneció a ningún sitio ni a nadie.

Los lloros eran cada vez más altos, pero Laura no salía de la cocina. Ni tampoco Daniel.

Vacilante, se inclinó y acarició el estómago del bebé, consiguiendo más chillidos. No podía tener hambre. Laura le había dado el biberón hacía menos de una hora.

Imaginó que debía llevárselo a Laura. No podía hacer daño al monstruito simplemente tomándolo en brazos, ¿verdad? Y así sabría lo que le pasaba. Cada vez que el enano lloró durante la noche, Laura le levantó y lo supo.

Lo levantó e inmediatamente se dio cuenta de que estaba mojado. Muy mojado. No podía sujetarlo a un metro de distancia porque Laura había dicho algo de que era necesario que le sujetaran la cabeza. Así que lo hizo, pero se dirigió a la cocina a la velocidad del rayo. Archie dejó de llorar en cuanto él empezó a correr. De hecho, el niño empezó a reírse.



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