
En cuanto llegó a la puerta, hizo intención de llamar a Laura, pero vaciló. No era tan simple. Toda la cocina era un caos de ruido y confusión. Laura estaba parloteando con su padre. Los cazos en el fuego estaban borboteando. Daniel tenía las manos ocupadas sacando platos y fuentes del frigorífico. Salía humo del horno, donde Laura estaba inclinada pinchando el pavo.
Le parecía muy egoísta interrumpirlos cuando los dos estaban tan ocupados. ¿Pero cómo sabría qué hacer con el niño?
Su mirada se dirigió a Laura. Tenía las mejillas sonrosadas por el calor y un montón de rizos pegados a la frente. Su pelo a menudo estaba así después de hacer el amor. Había dejado los zapatos en alguna parte, y estaba corriendo por la cocina con los pies enfundados en medias. Su traje era del color rojo navideño, con falda corta y un blusón encima de una tela suave.
A Will se le quedó la boca seca. No se había puesto el colgante del zafiro, aunque sí llevaba unos pequeños pendientes de oro que él le había regalado. Pero él sospechaba que sólo los llevaba porque él mintió y le dijo que eran falsos y no de oro auténtico. Era una testaruda. Si le dejara, él la habría llenado de joyas.
Seguía deseándola desde que la noche anterior fueron interrumpidos. Pero él sabía que ella no había esperado esa crisis familiar, conocía su amor hacia su hermana y su padre y no había duda de cuáles debían ser sus prioridades. Era sólo que verla agachada con la suave falda ceñida a sus preciosas nalgas…
Archie le dio un tortazo en la cara. El acto no fue deliberado. El bracito se movió a ciegas y le dio casualmente, directamente en la nariz.
Eso le recordó que aún seguía mojado. Se dirigió al estudio. No había una habitación en esa casita que fuera lo suficientemente grande para respirar en ella, pero el estudio era lo más pequeño. Sólo cabía una televisión, una mesa y un viejo sofá. La primera vez que hicieron el amor fue en ese sofá, pero en ese momento ni siquiera se veía la tapicería. Las cosas del bebé estaban por todas partes.
