
– No. Esta mujer parece maravillosa. El dinero no tiene nada que ver.
– De acuerdo. Pero tener tres para entrevistar te dará más para comparar, ¿verdad? Bien, esta noche iré a buscarte al trabajo.
– No hace falta. Y tengo mi coche…
– Yo me ocuparé de tu coche. Creo que ya has tenido mucha presión últimamente y necesitas un descanso. Esto es una sorpresa. No le puedes decir que no a una sorpresa.
Ella nunca le podía decir que no a Will, pero movió la cabeza con disgusto cuando vio la resplandeciente limusina blanca aparcada fuera de la oficina.
No era la primera vez que Will tiraba dinero alquilándole una limusina, ni la primera vez que ella se asombraba por su costumbre impulsiva de gastar de forma escandalosa. Aún recordaba cuando fue a su apartamento. Will tenía todos los juguetes posibles. Una báscula parlante un toallero eléctrico para calentar las toallas, un estéreo que hacía que la Filarmónica de Nueva York pareciera tocar en vivo y un tren de juguete que recorría su enorme salón, con lucecitas y resoplando a través de montañas en miniatura.
Laura entendía que de pequeño no tuvo juguetes, y seguro que tampoco pensó nunca que de mayor tendría dinero. Un profesor en su duro colegio público se dio cuenta de la capacidad de Will para la ciencia. Will ganó suficientes becas para terminar sus estudios en la universidad y luego creó una empresa privada de investigación científica. Eso no duró mucho. No fue nunca el dinero lo que motivó a Will sino la sed de desafíos imposibles. Cuando empezó a patentar algunos de sus descubrimientos, el dinero le llovía. Y seguía siendo así. Will no dejaba de tener ideas que valían su peso en oro.
Se había ganado el dinero y tenía todo el derecho a usarlo como quisiera. Pero desde el principio, lo que se había gastado con ella iba más allá de la indulgencia o la generosidad. Laura tenía miedo de que él tuviera algunos sentimientos confundidos entre el dinero y la seguridad. Pero ella lo había visto en su trabajo, tenía su propio laboratorio, y se suponía que debía dedicarse a dirigir a sus empleados. Más de una vez lo había encontrado con las mangas subidas, un café frío a su lado, inclinado sobre un microscopio sin tener idea de que llegaba dos horas tarde a una cita.
