
Nunca había esperado encontrar a alguien que lo significara todo para él, y lo que tenía con Laura era perfecto. En ese momento, ella era libre para estar con él, sin que nadie se entrometiera en su mundo. Él adoraba poder seducirla en lugares inesperados en momentos inesperados.
¿Casarse y arriesgarse a perder todo eso?
Will la abrazó con más fuerza. El cuerpo de Laura estaba caliente.
Esa noche harían el amor. En su casa. Necesitaban pasar tiempo a solas.
– ¿Señorita Laura Stanley?
Will oyó las palabras detrás de ellos. Los dos miraron al camarero.
Llevaba un teléfono inalámbrico.
– ¿Es usted la señorita Laura Stanley?
– Sí -dijo ella rápidamente-. ¿Ha ocurrido algo?
– No lo sé. Sólo hay una llamada para usted.
Ella respondió al teléfono. Will vio que abrió mucho los ojos y su sonrisa desapareció.
– Es la señora Apple. Tenemos que volver a casa. Archie tiene mucha fiebre y no deja de llorar.
– Tú y yo tenemos que hablar. Tienes una infección de oído. El médico ha dicho que a tu edad es normal. Y eso es duro, lo sé. Pero has asustado mucho a Laura. ¿Me has oído? No quiero que vuelvas a hacerlo.
Will giró la cabeza para asegurarse de que el niño lo escuchaba. Archie le miró desde su sillita y escupió el chupete, que botó por el mostrador de la cocina y cayó al suelo. Tenía que lavarlo, otra vez, antes de metérselo en la boca.
Will automáticamente lo recogió, lo lavó, lo secó y se lo puso. Se conocía la rutina de memoria. Luego siguió vaciando la bolsa de la compra. Caviar ruso, galletas saladas, uvas negras, queso francés, un exquisito vino tinto y una tarta de chocolate.
– ¿Will? ¿Estáis bien los dos? -preguntó Laura desde el cuarto de baño.
– ¡Claro! ¡Relájate! -Will bajó la voz-. Cree que no puedo ocuparme de ti, enano. Como si ocuparse de siete kilos fuera difícil.
