
Se secó las manos en un trapo, levantó la sillita con Archie dentro y se dirigió al salón. Crear una cuna para el niño era su siguiente tarea. La casa de Will no estaba equipada para algo así. Dos sillas bien pegadas contra el sofá harían una buena cuna improvisada, pero la tapicería del sofá era blanca. Necesitaba un protector.
Con el rabillo del ojo vio volar el chupete. Y al instante, el bebé arrugó la cara.
– Oh, no empieces otra vez. Si ella te vuelve a oír llorar volverá a preocuparse -a la velocidad de la luz, Will sacó al niño de su asiento y se lo apoyó en el hombro-. No hemos terminado esa charla sobre que aprendas a ser razonable. Necesitas mucho tiempo, lo entiendo. Debe ser frustrante ser tan indefenso. Lo entiendo también. Pero todo el mundo no puede girar a tu alrededor. Laura tiene que comer y dormir. Y tú no la dejas ni respirar. Y eso tiene que parar.
El niño soltó un eructo que habría enorgullecido a un adolescente. Will volvió a darle unas palmaditas en la espalda.
Laura estaba en la bañera de hidromasaje. El se la había llenado de sales, había puesto el Bolero de Ravel en el estéreo y había encendido velas para dar luz. No era un baño que debiera disfrutar sola.
De hecho, pensar en ella allí, desnuda y sola, estaba teniendo un fuerte efecto en su presión arterial. Pero Laura no había tenido un momento para ella sola desde que apareció Archie… Tenía a la regordeta señora Apple, pero también tenía un trabajo, la casa y una vida muy ocupada. Y el bebé la tenía agotada.
Claramente, Will necesitaba encargarse de la situación. E imaginó que en su propia casa, tendría el control.
El bebé soltó un grito. Alarmado, Will volvió a darle palmaditas.
– No empieces. Ella se está bañando y yo me estoy ocupando de que nada la moleste. Eso te incluye a ti.
Archie se retorció, levantó las piernas, respiró profundamente y entonces soltó un terrible berrido.
