– ¿Will? -preguntó Laura.

– ¡Está bien! -le gritó Will alegremente, empezando a caminar de un lado a otro por el salón-. Sé que no te gusto. Me echaste un vistazo y decidiste que no podías soportarme, pero esto es una tregua, amigo. No estás mojado. No tienes hambre. ¿Entonces qué quieres?

Aparentemente el niño quería… que Will corriera. De un lado a otro, rodeando los sillones, entre la mesita, por el pasillo y de vuelta. Así, el niño pareció olvidarse de sus lágrimas. Su cuerpo se relajó acurrucado contra el hombro de Will. De repente soltó un sonido que fue como una risita, y afectó de modo extraño a Will. No decía que le gustara el niño ni una locura semejante, pero… pero el bebé parecía feliz. Esas risitas parecían una clara indicación de que el enano se sentía feliz y seguro… con él.

En la décima vuelta por la casa, Will tuvo que detenerse para respirar.

Archie soltó un bramido.

Will cerró los ojos, volvió a abrirlos y empezó a correr de nuevo.


Laura quitó el tapón de la bañera y apagó el hidromasaje. Se levantó y se secó con una toalla esponjosa, sintiéndose una mujer nueva.

El agua caliente había sido tan relajante que al principio casi se quedó dormida. Pero cuando la tensión y el cansancio fueron desapareciendo de su cuerpo, se encontró sonriendo bajo la luz de las velas… y luego canturreando con el ritmo del Bolero.

Will le había preparado ese pequeño paraíso. El pobre pensaba que nunca tendría que pagar las consecuencias por sus acciones. Pero se equivocaba completamente.

Encendió la luz y se inclinó para apagar las velas. La habitación se cargó de aroma a vainilla y almendra. Gracias a las sales de baño tenía la piel suave como la seda. Se miró al espejo empañado. Tenía los rizos alborotados, el rostro sonrosado del calor y los ojos… Se acercó más al espejo. Siempre había pensado que tenía unos ojos marrones normales, pero en ese momento tenían un brillo pícaro.



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