El árbol aún estaba en el salón aunque las navidades habrían terminado hacía dos semanas. Técnicamente, con el árbol y todo recogido, habría espacio para moverse. Pero en el sofá había montañas de ropa limpia que nadie había tenido tiempo de doblar. Por todas partes había juguetes del bebé y zapatos, igual que mantas, baberos y muchas más cosas.

La cocina estaba peor. Los biberones eran lo único que estaba limpio y colocado. Pero el lavaplatos estaba abierto y sin vaciar. El mostrador lleno de migas y la mesa con la comida puesta, como si nadie hubiera tenido tiempo de comer ni de recogerlo.

Luego entró en el cuarto de baño y los encontró a los dos. Will estaba en la bañera, riendo y salpicando agua.

La mujer que amaba estaba hecha un desastre. Los rizos despeinados, ojeras, la piel blanca como un fantasma. Tenía el rostro tenso de cansancio y nervios. Laura giró la cabeza y lo miró.

Will se aclaró la garganta.

– Hola.

– ¡Will!

– No quería asustarte. Pero esta tarde no conseguía llegar a nada en el laboratorio y decidí dejarlo y venir a verte. ¿Has vuelto pronto del trabajo?

– ¡Maldición! ¿Te contó la señora Apple que he vuelto a casa enferma?

Will fingió una mirada de sorpresa.

– ¿Enferma? Justo antes de marcharse la señora Apple mencionó que estabas indispuesta, y por tu voz se ve que estás algo resfriada.

– ¡No estoy enferma! ¡No he tenido tiempo para ponerme enferma! ¡Me niego a ponerme enferma! No estoy agotada por hacer demasiadas cosas. Todo el mundo puede enfriarse y…

– Claro que sí -dijo Will inclinándose y dándole un beso.

Sus labios deliberadamente rozaron su frente. Estaba ardiendo.

– Estoy bien -repitió Laura gruñona.

– Lo veo. Y estás preciosa -dijo animado-. ¿Pero podré convencerte para que me dejes ocuparme de Archie? Hasta ahora no he tenido tiempo de… bañarlo. Pero a lo mejor te da miedo que se me ahogue…



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