El ceño de Laura desapareció.

– ¿Quieres hacerlo? -preguntó vacilante-. A Archie le encanta el agua. Me temo que te mojaría entero.

Ésa era realmente la razón por la que él se había ofrecido a ayudar. Laura estaba empapada, y Will temía que se pusiera peor.

– No me importa. Tengo por ahí una sudadera que podré ponerme luego. Pero si no confías en que lo haga bien…

– ¡Claro que confío en ti, Will! Y en realidad es muy divertido, porque él disfruta del baño.

Will no supo si era divertido. Pero el pequeño monstruo sí se portaba bien en el baño, lo que Will descubrió varias veces durante los tres días siguientes. No sabía si sería peligroso saturar de agua a un bebé, pero Archie dejaba de llorar al instante y empezaba a reír y soplar burbujas.

– Creo que eres un retroceso genético a la era de los delfines -le dijo al niño el martes por la tarde.

Para entonces conocía cada raja de las baldosas del cuarto de baño rojo de Laura, y lo hacía todo por rutina. Cuatro toallas a mano por lo menos, sujetar la cabeza al bebé, y una esponja para lavarlo.

– Después de esto vas a dormirte un ratito, ¿verdad? No me mires así. Ya sé que no tiene sentido intentar razonar contigo, así que intentaré sobornarte. Si duermes bien, te prepararé uno de esos biberones de cereales y arroz. ¿Qué te parece?

Will oyó sonar el teléfono. Imaginó que Laura respondería. Él no podía apartar los ojos de Archie ni un instante mientras estuviera en el agua. No sabia cómo se las arreglaban las madres primerizas, pero durante los últimos días su imaginación y determinación habían sido puestos al límite.

Y por otro lado, la cantidad de biberones y ropa sucia que acumulaba un bebé en cuestión de horas era sorprendente. La proporción era de una lavadora para los adultos y seis para el bebé. ¿Dónde estaba la lógica? El niño era más pequeño que un jamón. No dejaba de usar continuamente peleles nuevos y también había que estar cambiando continuamente la sábana bajera de su cuna.



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