Pero todo eso no le importaba, porque se sentía bien.

Muy bien.

Por primera vez desde que se encontraron con el problema de Archie, había podido hacer algo por Laura. Ayudarla. Y no había duda de que Laura realmente lo necesitaba.

– ¿Will? -le dijo Laura desde la puerta.

Will notó su tono extraño.

– ¿Ocurre algo? ¿Quién ha llamado?

– Mi hermana.

Will no pudo levantar la cabeza hasta que sacó al niño de la bañera y lo envolvió en las toallas. Entonces la miró.

A diferencia de tres días antes, tenía color en la cara. El brillo febril en su mirada había desaparecido, igual que su mal genio. Volvía a ser su antigua Laura, vestida con una enorme sudadera de Mickey Mouse y mallas negras. Pero algo iba mal. Will sabía lo mucho que había estado esperando una llamada de su hermana. Su expresión era de alivio, pero tenía las manos agarradas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

– ¿Está bien Deb?

– Sí, a salvo y viviendo en un albergue para mujeres. No ha querido darme el número de teléfono ni la dirección… Imagino que es algo que se hace allí por razones de seguridad. Yo le he dicho que Archie está de maravilla.

Laura estaba aliviada, de eso no había duda, pero había algo que la tenía alterada.

– Deb debió llamarte antes. Tenía que saber lo preocupada que estarías.

– Ya… bueno… -Laura se pasó una mano por el pelo-. Le hablé del abogado que has contratado, le di él número y la dirección y le conté todos los asuntos legales que has solucionado. Parecía dispuesta a arreglarlo. Cuando la vimos en Navidad me asustó mucho. Pensé que iba a desmoronarse. Pero ahora parece que está bien… ¡Oh! Me dijo que te diera las gracias y que en cuanto pueda te lo pagará todo.

– Nada de eso. Yo no me ofrecí a ayudar porque esperara que me lo devolviera.



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