
Laura se calló. Empezar con esa conversación intrascendente no solucionaría nada. El orgullo era el problema. Respiró profundamente y volvió a empezar.
– Will… tienes todo el derecho a estar furioso conmigo.
– No lo estoy -dijo muy despacio.
– Pues deberías. Lo siento. Has hecho mucho por mí, me ayudaste cuando estuve enferma sin quejarte ni una vez, y luego yo me eché sobre ti. No era el momento apropiado para hablar de eso como tú dijiste y…
– Quizás sí huí, como dijiste tú… No volveré a huir de ti. Si quieres hablar te escucharé.
Quizás él estuviera dispuesto a escuchar, pero de pronto Laura perdió todo el interés en hablar. Dio un paso hacia él, y Will levantó los brazos. Y cuando ella se echó sobre su regazo, Will la abrazó.
– No me gustó discutir contigo, Montana. Por el amor de Dios, no vuelvas a dejarme hacerlo.
– Puede que sea poco realista pensar que nunca volveremos a pelearnos.
– Olvida eso. No quiero ser realista. Ahora no.
Le sujetó la cara entre las manos y lo besó. No podía expresarle con palabras lo asustada que había estado de perderlo. Así que se lo dijo desde su corazón.
Un beso no podía empezar a explicar nada, así que le dio otro. Su barba le arañaba la mejilla. Y su boca estaba seca. Pero sus labios eran suaves y Will respondió salvaje, como si llevara almacenando el combustible en su interior durante días.
Will le metió las manos bajo el jersey rojo, pero no hubo nada sexual en ese primer contacto. Fue como si estuviera buscando la textura y el calor de su piel.
Laura empezó a desabrocharle los botones de la camisa mientras intentaba sentarse en sus rodillas.
– Laura…
– Sshh…
Ella no debió forzarlo. Fue un error que no volvería a cometer. Él era lo que más le importaba. No sabía cómo se solucionaría su futuro… y no le importaba. Aprovecharía todos los momentos que pudiera con él. Nada era igual.
