Will se apartó, pero sólo para repartir besos por su cuello y su pelo.

– Creo que nos mataremos en esta silla.

– Tendremos que arreglárnoslas.

Laura no apartó las manos de su cuerpo. Finalmente le abrió la camisa.

– Hay un sofá ahí…

Will la levantó en brazos. La silla crujió y sus manos se posaron bajo su trasero. Ella tenía los brazos en su cuello.

– Te amo, Montana -dijo con pasión-. Te amo tanto que no puedo soportarlo. Y voy a intentar amarte a ti tanto que tú no puedas soportarlo tampoco.

Él empezó a responder, pero el sonido que salió de su garganta fue sólo un gemido. La dejó en el viejo sofá de cuero y él se tumbó también. Le quitó el jersey, y resultó que ella no llevaba sujetador. El cuero estaba frío contra su espalda, pero el fuego en las manos de Will la calentó deprisa. Sus palmas la acariciaron sin cesar.

Los pezones le dolieron ante la suave invasión de la lengua. Laura recorrió cada parte de su cuerpo con las manos, desde las costillas hasta el ombligo.

– No llevas braguitas -observó Will.

– Lo olvidé.

– No creo que lo olvidaras. Creo que sabías exactamente lo que me pasaría si descubría que no tenías nada bajo los vaqueros.

– Posiblemente…

Will se rió.

– ¿Vas a ayudarme a quitarte los vaqueros?

– No.

– ¿Vas a ayudarme a quitarme los míos?

– No. Ahora no tengo tiempo, Will. Pregúntamelo dentro de un rato.

Pero Will no quería esperar, así que resolvió el problema de los dos vaqueros con facilidad. Montana era un hombre creativo y competente. Incluso recordó que tenía protección en su cartera… Pero no, en ese momento Laura no quería pensar en bebés ni en si alguna vez estaría preparado para aceptar ese riesgo.

El amor era un riesgo. Y los dos estaban deseando aceptarlo y arriesgarse a mostrarse vulnerables y desnudos el uno frente al otro. Era una necesidad sincera y tan fuerte que a Laura le daba algo de miedo lo mucho que lo quería dentro de ella, reclamándola, tomándola. Pero también necesitaba darle a él lo mismo.



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