Se acercó a la ventana y miró a través del cristal hacia el pequeño jardín, que por fortuna estaba vacío, sin duda debido al frío impropio de la estación. Por fin algo le salía bien. Al observar la distancia de cinco metros hasta el suelo, hizo una mueca. La última vez que dio un salto así, resbaló y se torció el tobillo. Consideró por un momento la posibilidad de volver sobre sus pasos y salir por la puerta de la calle, pero un tobillo dolorido resultaba mucho más atractivo que tropezar con el hombre de ojos verdes o con el dúo criminal que vagaba por la fiesta. No, la ventana ofrecía la única oportunidad de salir de aquel lío.

Tras una última mirada para asegurarse de que el jardín seguía libre de invitados, Alex abrió la ventana y, con un movimiento ágil, pasó las piernas por encima del marco. Apoyó las manos en el antepecho, imprimió a su cuerpo una hábil contorsión y luego, con cuidado, bajó con los dedos doblados sobre el alféizar, de cara a la áspera fachada de piedra. Inspiró con fuerza, apretó la punta de sus botas de suave piel contra el muro de piedra, se dio impulso y se soltó.

Su estómago ascendió de golpe. Durante un breve instante, le pareció que volaba. Luego aterrizó con suavidad, doblando las rodillas y tocando con las palmas la tierra fría y húmeda. Al ponerse en pie, estuvo a punto de echarse a reír de pura alegría por su hazaña mientras se sacudía las manos. Era libre. Solo tenía que desaparecer entre las sombras. Se volvió, decidida a dirigirse hacia las callejuelas.

Y se encontró mirando una corbata blanca como la nieve.

Una corbata blanca como la nieve que estaba a solo unos centímetros de su nariz. Inspiró de golpe, sobresaltada, y percibió el aroma de ropa recién almidonada mezclado con un olorcillo de sándalo. Dio enseguida un paso atrás pero se detuvo cuando sus hombros chocaron contra la piedra áspera de la casa. Unas manos fuertes la sujetaron de los brazos.



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