
Pero sabía que, por mucho que lo intentara, nunca podría olvidar lo que había oído. Le remordería la conciencia, esa molesta voz interior que la atormentaba cuando ella menos lo deseaba.
Sin embargo, ¿qué hacer con esa información? Estaba claro que el objetivo era alguien importante. «No cabe duda de que su muerte dará lugar a investigaciones.» Había que decírselo a alguien. Alguien que pudiese detener ese crimen antes de que fuese cometido. Alguien que no era ella.
Pero ¿quién? ¿Un magistrado? La muchacha tragó saliva. Se había pasado la vida evitando a los magistrados y a gente de esa clase, y, teniendo en cuenta su pasado, desde luego prefería dejar las cosas como estaban. Además, ¿quién iba a creerla a ella, una mujer que se ganaba la vida a duras penas echando las cartas? En el instante en que cometiesen el asesinato de aquella persona importante, la creerían culpable, o algo parecido. Lo que fuese. Le darían caza como si fuese un zorro. La arrojarían a una celda. Se le revolvió el estómago. Nunca más.
Sin embargo, se vería metida a la fuerza en su propia prisión privada si no intentaba al menos avisar a la persona que estaba en peligro, fuera quien fuese. Con una mirada ansiosa a la ventana que la atraía con la dulce tentación de la libertad, salió de detrás de la cortina y caminó deprisa hasta el elegante escritorio de madera. Sacó enseguida una hoja de papel vitela, humedeció la pluma en el tintero y escribió una breve nota. A continuación dobló el papel dos veces y escribió «Lord Malloran, urgente y confidencial» en el exterior. Lo dejó sobre el escritorio, sujetándolo con un pisapapeles de cristal en forma de huevo que apoyó sobre una esquina. Luego respiró hondo y dijo a su conciencia que dejase de refunfuñar.
Había hecho lo posible para salvar a la futura víctima. Ahora tenía que salvarse a sí misma.
