
Su mirada regresó al hombre por un instante. Una joven de gran belleza, a la que reconoció como lady Margaret, hija de lord Ralstrom, se acercó a él, sonriendo con una inconfundible expresión de embeleso. Sin duda una mujer así mantendría su interés el tiempo suficiente para que ella pudiese escapar.
Envolvió las cartas rápidamente en una pieza de seda de color bronce, deslizó la baraja dentro del profundo bolsillo de su vestido y se levantó a toda prisa. Sintió un escalofrío de aprensión y el peso de una mirada sobre ella. Al alzar la vista, se quedó sin aliento.
Unos ojos de un intenso color verde la evaluaban con una penetrante intensidad que le produjo frío y calor a un tiempo. Y que la inmovilizó al igual que sus manos lo hicieran cuatro años atrás. El corazón le dio un vuelco, y por la mente de la muchacha cruzó el pensamiento de que sin duda habría docenas de mujeres que harían lo imposible con tal de recibir la atención de aquel hombre. Sin embargo, Alex no era una de ellas.
¿La reconocía? Alex no podía saberlo, pues su expresión no delataba nada. Pero no pensaba perder tiempo en averiguarlo.
– Los espíritus me llaman; tengo que irme -dijo a lady Miranda antes de dar un rápido giro y desaparecer entre la multitud con una habilidad que era fruto de años de práctica.
Por desgracia, no sabía adonde iba. Todo su ser estaba consumido por una sola idea: escapar. La misma idea que el extraño había inculcado en ella la última vez que se encontraron.
Se detuvo tras abrirse paso hasta un extremo de la habitación, consternada y frustrada. Maldición, llevada por el pánico, había huido en la dirección equivocada. La mesa para echar las cartas se hallaba instalada cerca de las puertas acristaladas que conducían al exterior, y por lo tanto en ese momento estaba al otro lado de la gran sala llena de gente. Además, había docenas de invitados entre ella y el corredor que llevaba a la puerta de la calle, una situación que resultaba aún más fastidiosa porque sucumbir al pánico no era propio de ella. Sin embargo, no podía negar la agitación que la dominaba.
