Se devanó los sesos buscando algo que decir, pero ella lo dejó sin habla al acercarse más a él. Estaba tan cerca que la punta de sus zapatos le tocaban las botas y la falda negra le rozaba h pantalones. Tan cerca que sintió su perfume, una seductora mezcla de aire marino e inspiró profundamente algún tipo de flor. Antes de que tuviera tiempo de identificar la delicada fragancia, ella apoyó la mano enguantada en su manga y se alzó de puntillas, inclinándo hacia él.

iIba a besarlo! ¿Era así como hacían las cosas en América? La única otra americana que conocía era Elizabeth, y no podía negar que ésta se comportaba de una forma directa y amistosa, aunque no tan directa como eso. Pero no podía herir los sentimientos de la señora Brown rechazando su saludo tan poco británico.

Inclinó la cabeza y rozó con sus labios la boca de ella. Y se le paralizó todo el cuerpo. Durante unos segundos fue incapaz de moverse. No podía respirar. No podía hacer otra cosa que mirar fijamente los sorprendidos ojos de la mujer, mientras dos palabras inesperadas le resonaban en la cabeza.

«Por fin.»

Frunció las cejas y se agarró de ella como si se hubiera convertido en una columna de fuego. Por fin. Por todos los demonios, se había vuelto loco. Su próxima parada sería el manicomio estatal.

Las mejillas de la señora Brown se habían teñido de rojo.

– ¿Qué diantre esta usted haciendo? -preguntó en una voz que temblaba de inconfundible indignación.

¡Qué mal trago! Fuera lo que fuese lo que ella pretendía, era evidente que no era su intención que la besara. Y él deseaba con toda su alma no haberlo hecho. La boca todavía le hormigueaba con la insinuación de su sabor, y casi no podía resistir el impulso de lamerse los labios. O el de inclinarse sobre ella y lamerle los suyos.

Claramente turbado, Robert recorrió con la mirada el rostro de la joven, su atractivo rubor, las oscuras pestañas que enmarcaban los ojos, entre dorados y marrones, el hoyuelo que le agraciaba la barbilla, luego los labios… unos labios hermosos y gruesos. Húmedos, deliciosamente rosa, el inferior sensualmente lleno, y el superior, aunque pareciera imposible, más lleno aún.



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