
– ¿Siempre?, ¿es que ha traído a otras? -preguntó Donna, extrañada.
– Tú eres la cuarta… ¿o la quinta? No sé, he perdido la cuenta. Siempre es igual: un buen día se presenta de buenas a primeras con una mujer totalmente inaceptable y anuncia que ella es la elegida. La dama y yo mantenernos una pequeña conversación y acto seguido la dama se marcha por donde ha venido, eso sí, mucho más rica de lo que había llegado. Pequeña, tú sólo eres una entre muchas.
– Si siempre asedias así a sus prometidas, no me extraña que no le duren nada -espetó enfurecida, indignada, por la actitud de Rinaldo-. Y si estás sugiriendo que me puedes sobornar, olvídate. Quiero a Toni y él me quiere a mí. Y nos vamos a casar.
– Bien, bien. No te rindas a la primera. Pon un precio alto. Aunque te advierto que hay un límite que no rebasaré, así que no pierdas el tiempo intentando superarlo.
– ¡Tú estás loco! -lo insultó -. Estás obsesionado con el dinero, con poseer, y ya sólo ves en los demás afán por robarte tu dinero. Eres incapaz de ver la realidad.
– Por supuesto que veo la realidad -respondió sereno-. La vi en la expresión de tu cara hace unos minutos. Has examinado este patio como si fueras un comerciante que va a cerrar un trato excelente. Desde luego, se te veía encantada.
– Estaba encantada con la belleza del jardín -aseguro furibunda-. Eso es todo. Éste es uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida. O lo era. Ya no. No desde que tú has entrado. Ahora es como el paraíso después de que entrara la serpiente.
– Tengo que reconocer que es un enfoque original -comentó aún calmado, aunque se notó que el ataque le había afectado-. De hecho, no eres el tipo de mujer que Toni suele escoger. Las otras eran todas jovencitas alocadas, dispuestas en seguida a negociar. Tú eres más sutil.
La miró de arriba a abajo de tal manera que Donna volvió a ser consciente de sus carencias en el aspecto físico.
